La celebración del Día de Muertos en México, con varias evoluciones y diferencias en ámbitos urbanos y rurales, es una fecha de la liturgia cristiana, “pero los pueblos indígenas se adueñaron de esa fiesta y la empezaron a celebrar con sus propios referentes”, explicó el historiador doctorante Ignacio de la Garza Gálvez. Añadió que perviven creencias y relatos que “desde el siglo XVI ya se contaban”.
El docente, quien impartió el jueves pasado la conferencia Los difuntos en la tierra: Los muertos conviviendo con los vivos en el Cenlex Zacatenco, explicó a La Jornada que la festividad, “como se celebra en México, es indígena”; la muerte “como elemento cultural identitario nuestro, ya sobrepasa lo netamente indígena o español”.
De la Garza (Ciudad de México, 1986) comentó que en la región de Aridoamérica, la fecha adoptó características particulares por los estilos de vida y las cosmovisiones de las culturas que la habitaban. En el centro y sur de México, por los pueblos mesoamericanos fue resultado de que “la tradición era que los fallecidos eran dioses, y a los dioses se les celebra.
“A los muertos se les recordaba con tristeza y todo, pero no eran considerados solamente antepasados o algo así, sino divinidades. En las fiestas que correspondían a celebrar a esos difuntos que se convirtieron en dioses, había música, canto, baile y altares; era algo más festivo”.
El profesor del Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México recordó que se interesó en la forma en que los pueblos mesoamericanos “concebían aquellos lugares donde habitan todas estas entidades: el cerro, el cielo, la tierra… quise entrarle más, porque en la recopilación de fuentes hay muchas imprecisiones. Se repite lo que dejaron escrito los españoles, pero a partir de sus referentes, como que tiene que haber un cielo, un infierno y un purgatorio”.
De su estudio de los nahuas (mexicas, tlatelolcas, azcapotzalcas, tlaxcaltecas, huejotzincas y texcocanos) el profesor sintetiza que lo común es la noción de la muerte como transformadora y dinamizadora del cosmos, pues a través de dioses que murieron surgió la tierra, el maíz, el camote, el amaranto y el maguey, que servía de alimento, vivienda y vestido.
“La humanidad sigue esos patrones. Muere y te transformas en algo y ayudas a mantener el movimiento del mundo. Los que se iban al Mictlán se volvían seres descarnados que se alimentaban de lo podrido que había en la tierra, permitiendo que hubiera crecimiento.
“Los que se iban a la casa de Tláloc se convertían en tlaloques, concebidos como personitas vestidas como sacerdotes, y se volvían los vientos, las nubes, que llevaban el agua, guardaban las riquezas. Los que se iban a la casa del Sol se convertían en aves y llevaban, por ejemplo, los cantos a la tierra.”
Así se podría concebir una especie de bestiario que describiría a los dioses y sus creaturas, que eran animales cotidianos o fantásticos, por ejemplo, el ahuízotl, especie de perro con manos humanas; incluso, una en la punta de su cola. También hay venados, conejos, serpientes. Están los ohuican chaneque, antecesores de los chaneques modernos, descritos como animales o pequeñas personas que habitaban lugares peligrosos y podían dañar o asustar a la gente.
Significados y augurios
De la Garza Gálvez explicó que estos seres ayudantes de un dios cumplían sus mandatos: “el coyote podría ser la transformación de Tezcatlipoca en un animal que, si encontrabas en un camino y te rugía, era señal de que habían peligros más adelante. O los búhos, sirvientes de los señores de los muertos. Se decía que eran sus yautequihua (mensajeros). Según la mitología, cantaban para avisar que iba a haber muerte o enfermedad, pero todavía tiene continuidad narrativa y en las creencias populares”.
Otros seres que tendrían representaciones más modernas podrían ser las apariciones, con carácter ambiguo de fantasmas o visiones, “los cuales se presentaban en las noches y podrían ser un augurio. También estaban los dioses que se aparecían transformados en algo; por ejemplo, la Cihuacóatl Quilaztli, digamos, la antecesora de la Llorona. Se contaba que aparecía como una mujer vestida de blanco en los tianguis y dejaba abandonada una cuna. Cuando la gente iba a ver, había un pedernal, señal de que la diosa quería sacrificios”.
El ejemplo más recurrente era Tezcatlipoca, quien se dejaba ver en un camino como una figura humana sin cabeza, y el pecho que se abría y cerraba mostrando el corazón. También se manifestaba como un bulto mortuorio que se quejaba, una enanita, un gigante o un cráneo que iba castañeteando los dientes. Ya había relatos de brujos en la época prehispánica, como el de los tlacatecolotl, hombres búho, de connotación maligna y muy temidos entonces, contó Ignacio de la Garza.
“Todas estas apariciones tenían distintos significados. Muchas veces eran augurios. Otras veces, como habitantes de alguna zona sin humanidad. En ocasiones eran dioses poniendo a prueba o solicitando algo. El caso de Tezcatlipoca eran ganas de burlarse de la gente. Nada más de asustar y reírse de ella.”
Para el historiador, muchos de los relatos asociados con estas apariciones continuaron, a veces cambiando el tema o el personaje. Incluso influenciaron a los españoles avecindados en el México colonial. El libro Relatos populares de la Inquisición novohispana: Rito, magia y otras “supersticiones” (siglos XVII y XVIII) consigna que entre los llegados había quienes creían que cuando canta el búho habrá muerte, en nahuales, brujos y brujas. “Se convirtió en un elemento compartido, y en el siglo XIX, con la llegada de recopilaciones de leyendas e historias, fue formalizado por el romanticismo en otras formas literarias. Muchos se siguen contando casi iguales”.
De la Garza Gálvez se dijo atraído por los nahuales, que en tiempos prehispánicos se referían a “personas con poderes y capaces de saber lo que ocurría en cielo y en el Mictlán. Podían transformarse en alguna entidad, como animales, plantas, rayos, terremotos o fenómenos climatológicos.
“En muchas áreas rurales o de tradición más indígena, está la concepción del nahual como brujo, especialista ritual, y en formas más romantizadas se les ve como guardianes del pueblo. Tienen la ambivalencia entre buenos, traviesos, burlones y malos. Son polifacéticos. Tienen unos relatos bastante divertidos y originales, porque en la narrativa sí es brujo, sí es terrible, pero, como no deja de ser persona, se puede hacer algo contra ellos.”