Aquello me hizo pensar que quizá hemos olvidado el verdadero valor de saber sembrar: “no podemos comer dinero”. Podemos utilizarlo para comprar alimentos, pero si algún día no tenemos dinero, necesitamos otra posibilidad. Nuestros abuelos la tenían: conocían la tierra. Sabían qué sembrar, cuándo hacerlo, qué plantas podían comerse, cuáles crecían en determinada época y cómo aprovechar aquello que el territorio les ofrecía. Ese conocimiento también era una forma de riqueza. Sin embargo, cuando una generación deja de sembrar, no solamente deja de producir una cosecha. Poco a poco, también desaparece el conocimiento necesario para volver a producirla. Y aquí aparece otro peligro: si dejamos de producir nuestros propios alimentos, tendremos que comprarlos. Lo que alguna vez estuvo en nuestra parcela comenzará a encontrarse únicamente en los mercados. Y aquello que para nuestros abuelos era parte de la vida cotidiana podría convertirse en una mercancía. ¿Quién decidirá entonces cuánto cuesta alimentarnos?
Si cada vez son menos las personas capaces de producir alimentos frescos, quienes conserven esa capacidad tendrán mayor importancia dentro del mercado. Y las grandes empresas podrían aprovechar esa dependencia para concentrar la producción, distribución y venta de alimentos, haciendo que aquello que antes podíamos obtener directamente de nuestra tierra termine teniendo un precio cada vez más elevado. Quizá llegue el día en que tengamos que pagar en un supermercado por aquello que nuestros abuelos podían obtener de una parcela. No digo esto para afirmar que todas las empresas sean malas ni que debamos dejar de comprar sus productos. Tampoco creo que todos los jóvenes deban abandonar sus estudios, profesiones u oficios para convertirse en campesinos. Lo que sí creo es que ninguna comunidad debería perder por completo la capacidad de producir sus propios alimentos.
Un joven puede ser maestro, médico, ingeniero, comerciante o profesionista y, al mismo tiempo, saber sembrar. Puede vivir en la ciudad y conservar el conocimiento de su pueblo. Puede dedicarse a muchas cosas y, aun así, conocer las semillas, las plantas y los ciclos de cultivo que conocieron sus abuelos.
Porque saber sembrar no solamente sirve para obtener una cosecha.
Sirve para enfrentar una crisis.
Sirve cuando el dinero no alcanza.
Sirve cuando los precios aumentan.
Sirve cuando los alimentos escasean.
Y sirve, sobre todo, para no depender completamente de otros para algo tan fundamental como alimentarnos. Cada día vemos aumentar el precio de muchos productos que antes parecían accesibles. En las ciudades, un alimento fresco puede convertirse fácilmente en una mercancía costosa. Mientras tanto, en nuestros pueblos y en nuestras pequeñas comunidades todavía existen plantas, frutos, semillas y cultivos que forman parte de nuestro territorio y de nuestros conocimientos. Allí donde algunos solamente ven una planta, nuestros abuelos vieron alimento. Allí donde algunos solamente ven tierra, ellos vieron una posibilidad de vida. Por eso, quizá necesitamos dejar de preguntarnos únicamente cuántos jóvenes quieren trabajar en el campo y comenzar a preguntarnos algo más importante:
¿Cuántos jóvenes saben todavía cómo hacerlo?
Porque no todos tienen que ser campesinos, pero sería peligroso que llegara el día en el que ninguno supiera serlo. Y entonces, cuando el dinero no alcance y tengamos que comprar aquello que alguna vez produjimos, quizá recordemos demasiado tarde una enseñanza que nuestros abuelos nunca necesitaron explicar:
“Quien sabe sembrar no solamente sabe producir alimentos; sabe cómo sobrevivir”.
Kataa’chaw maa kúxi ntalakapaastakni’,
niimaawa’ kalaqkuxtuwi ntacha’naan,
naakamaqsqalawi ntuu taa’yamaa kki’aqxaaqka’n,
kakilhkatsii’w pii xlakaskinka namaqalaananka’n.
Kacha’wi xtalhtsi’ takatsii’n kxaqxaaq kinkamanaanka’n,
na’akpunqoo’ychi’ xtalakapaastakni’ cha’naana’,
niikatikilhtisnksw kumu takatsii’ni nawayaaw,
niikatita’aqlhuuwii’w kumu nakatsii’yaawi cha’nananaaw.
Sembremos el maíz acompañado de pensamiento crítico, no solamente hay que desyerbar el cultivo, también hay que cuidar lo que crece en la cabeza, que nuestra lengua sepa la importancia de cosechar. Sembremos la semilla del conocimiento en la cabeza de nuestros hijos, para que en su cabeza crezca el pensamiento del campesino, sin hambrunas en la boca pues comeremos conocimiento, sin crisis pues sabremos sembrar.